Descripción
En el corazón de un pequeño pueblo, Jesús caminaba entre la gente, siempre con las manos abiertas, invitando a todos a acercarse a él. A cada paso, los niños corrían a abrazarlo, mientras los adultos compartían su tristeza y alegría. Escuchó atentamente y ofreció palabras de consuelo y esperanza. Su presencia irradiaba amor y compasión, y pronto el pueblo se unió en un espíritu de bienvenida y solidaridad. Todos aprendieron que, como Jesús, también podían abrir sus manos y sus corazones para ayudarse unos a otros, transformando sus vidas en un verdadero reflejo del amor divino.






